19 de octubre de 2012

Contradicción.

Me distorsiono entre libros de Anaya y miradas desesperadas al desván donde acumulo todo lo que nunca fui. La niña de los zapatos de ballet, la valiente compañera de camino. Yo. Noches perdidas entre la eterna y desconcertante indecisión de ir y volver, quedarte en el camino y mirar hacia atrás. Abandonar un día aquello que podría llegar a ser, pero no fue. Nunca fue. Chocas contra mí y qué sé yo sobre los miles de pensamientos que pueden volar en ese momento a tu mente. Qué sé yo sobre escalofríos, sobre mentiras piadosas, sobre querer y no poder. Qué sé yo sobre el engaño reflexivo. Murmuros inquebrantables en ese rincón de mi alma en el que ni si quiera sé quién soy. Solo sé que sigues estando ahí, sentado en un rincón de la habitación donde no consigo vislumbrarte, lejos de cualquier palabra que siempre he querido oír. Castigado como un niño por mal comportamiento. 

No hay día que pase en el que no me pregunte quién soy y qué quiero. Sé que en realidad, conozco muy bien la respuesta. Pero nunca lo admitiré. Creo que, en parte, el dolor me lo impide. No quiero volver a ser lo que un día odiaste, lo que un día quise hacer desaparecer. No quiero volver a aquellos días en los que el calor no existía, en los que el silencio era mi mejor amigo. Recorrer calles oscuras y taciturnas sin más compañía que el seco ruido de mis zapatos al chocar, débilmente, contra el asfalto. Lágrimas derramadas por  un no-existir parecido a vivir día a día esperando una señal. 

Que sigo esperando señales todos los días.
Que sigo buscándote todos los días.
Que sigo pensando en ti todos los días.