Hace relativamente poco tiempo
(la semana pasada) leí un libro de Albert. Sí, ya solo le llamo por su nombre
porque es tan sumamente bueno que me ha dejado conocerle. Conocerle en
profundidad. Claro está que esto lo digo tras leerme todos sus libros y todas
las biografías existentes sobre él y tras ver y escuchar todas las entrevistas
habidas y por haber. Pero qué cojones, una entrevista muestra mucho menos de él
que una sola frase de sus libros. Bueno, como venía diciendo, leí un libro
estupendo que hablaba de 23 descubrimientos y de 23 amarillos. Ay qué historia,
la de los amarillos.
Yo sabía que de alguna forma
tenían que llamarse, porque sabía desde niña que esas personas existen. Esas
personas que no son una amistad, sino que son muchísimo más. Pero tampoco son
la totalidad del amor (ni mucho menos del enamoramiento). Como dice A., son
personas a las que no puedes dejar de mirar, a las que admiras desde lo más
profundo de tu alma. Esas que te ayudan con su sola presencia. Son personas
amarillas en tu vida.
A. decidió utilizar el término “amarillo”
para referirse a ellas. Bueno, yo hubiera utilizado otro. Pero claro, al llegar
a este punto y decir que yo hubiera utilizado otro, ¿cuál sería? Lo cierto es
que no tengo un término para ello. A mí me gusta más el azul, pero ¿¡AZUL!?. No,
por Dios. Así que como no soy capaz de encontrar un término para ello, me quedo
con “amarillo”, que por lo menos tiene su origen en A.
Yo he encontrado varios amarillos
en mi vida. Normal, todos lo hemos hecho. Debemos encontrar 23 a lo largo de
nuestra vida, y yo creo que he encontrado 3. Seguramente hayan sido más, la
cuestión es que yo no me he dado cuenta. A. en su libro dice que esas cosas son
normales, así que si A. lo dice, pues va a misa. Lo mismo A. es uno de mis
amarillos, vete tú a saber.
Pero bueno, de momento quiero
volver a mis 3 amarillos identificados por el momento. La primera fue ella.
Digo ella porque no se referirme a esa persona de otra forma. Yo siempre la he
llamado “ella”. No me gusta cómo suena en mi mente el nombre “Loli” cuando
tengo su imagen en la cabeza. Ni tampoco “abuela”. Yo a mis abuelos nunca los
he llamado “abuela” o “abuelo”, y aunque quizá si la hubiera conocido si la
llamaría “abuela”, prefiero dejarlo en “ella”. En fin, que ella es mi primer
amarillo, por orden de aparición. La cuestión es que ella no se ha ido nunca.
Estuvo conmigo el 16 de octubre de 1995 y permanece aquí, día tras día. Y sí,
os preguntaréis cómo es que ella puede ser un amarillo para mí si no la he
llegado a conocer. Pues no lo sé, pero su recuerdo es algo que me da fuerzas y
en momentos de soledad, me ayuda a sentirme menos sola.
Mi siguiente amarillo fue I. Yo
sabía que I tenía algo, lo supe desde la primera vez que hablé con ella. Sabía
que podía aportarme más que una amistad –con todo lo que aportan las
amistades-. Y es que I me hizo madurar de manera abismal. Hizo que abriera la
mente y que poco a poco aprendiera a conocerme, y a conocer a los demás. En
realidad, el gran mérito de I fue conducirme a lo que soy ahora.
Y mi último amarillo identificado
es M, a la que podría abrazar durante horas. Con la que podría hablar hasta la
eternidad. Porque M, M es increíble. Si supierais que parentesco la une a mí,
os moriríais de la risa. Pero es así, M es uno de mis amarillos y la que me ha
enseñado la pasión, la verdadera felicidad. A veces siento que M tiene una
parte de mí. Cuando hablo con ella, siento que en su interior me tiene, me
conoce al milímetro y me acuna con sus palabras.
En fin, qué amarillos tan
increíbles he encontrado por ahora. Viviría mil vidas más para encontrarme con
ellos. Pero también es cierto que me quedan 20 más –que yo sepa- y me muero de
ganas por conocerlos.