Yo estaba convencida de que tenía
que salir un Papa negro. Un hombre mayor, nacido en vete tú a saber qué
recóndito país del África más profundo. Uno que tuviera una sonrisa amable, que
en su infancia hubiera pasado el hambre que ninguno de nosotros ha pasado.
Pensaba que solo un Papa así podría hacer que la Iglesia empezara a gustarme, o
por lo menos a no causarme el rechazo que me produce. Y así llevaba yo dos días
enteros, hablando sobre un Papa negro que cambiara un poco el mundo. En qué
narices estaría yo pensando.
Acabo de escuchar en televisión
la vida y obra de uno de los candidatos negros al Papado. Casi me echo a
llorar. Nacido en Ghana, toda la vida defendiendo que no deben usarse los
preservativos. Y predica con ello por todo África, mientras que las innumerables
ONGs se matan para que, mediante el preservativo, el SIDA pueda ser erradicado
poco a poco en aquel continente. Y este es mi cabreo del día, mi desengaño una
vez más con la Iglesia.
Qué angustia. Prometo que no
tendría ningún problema en admirar a la Iglesia si no fuera por todas estas
cosas. La ciencia, la sociedad, las ideologías, el mundo en sí intenta
evolucionar con el paso de los años para lograr la tolerancia, la igualdad
total. Pero desde luego con instituciones como ésta no se va a llegar a ningún
sitio. Es el gran obstáculo para el progreso, como lo ha sido siempre. Pero
parece mentira que en pleno siglo XXI, sigamos con tales barbaridades.
A escasos minutos de que el nuevo
Papa salga al balcón tras haber aparecido ya el humo blanco en la chimenea,
servidora publica esta entrada en el blog. Primera entrada que me gustaría que
llegara a todo el mundo, a todas las autoridades eclesiásticas, a todo rincón
del planeta. La Iglesia para mí, y actualmente, es repugnante. Asquerosa.