6 de febrero de 2013

Comenzamos a dar clases de moralidad y es ese el principio del fin.


Comenzamos a dar clases de moralidad y es ese el principio del fin. En estos últimos días en el que el país no parece otra cosa que un circo lleno de monos balanceándose y animales esclavizados al servicio del hombre, me doy cuenta de que el verdadero problema no está detrás de la quiebra de bancos ni del déficit o la prima de riesgo. Tampoco está detrás de tantos políticos que están y estarán al mando de nuestra sociedad, de nuestras riquezas y pobrezas. Las personas tendemos a culpar al prójimo, no somos capaces (ni seremos nunca con esta actitud) de mirar más allá de nuestro ombligo y observar lo que de verdad acabará con nosotros.

Vivimos en un Estado democrático de derecho, respaldados por una Constitución que propugna la libertad de expresión, de pensamiento. La libertad de que el individuo tenga poder para decidir sobre su vida. Sin embargo, cuando por fin y después de tantos años hemos conseguido una democracia, cuando hemos conseguido la libertad que tanto añoramos, somos los propios ciudadanos los que atacamos a la libertad.

Ya en el siglo XVII algunos hombres lucharon por la tolerancia, por ideas progresistas que nos han conducido, gracias al esfuerzo de continuas generaciones luchadoras, al lugar donde nos encontramos ahora. ¿Y qué hacemos con todo ese esfuerzo? Lo maltratamos. Reconozco que nadie dijo que fuera fácil, pero me sorprende que hoy en día haya mentalidades más cerradas y autoritarias que hace sesenta o setenta años. Llegamos al punto en el que si se aprueba una ley a favor del matrimonio homosexual, nos tiramos a la calle cohibiendo los derechos de otra persona. No sabemos, ni queremos, ponernos en el lugar del otro. Y así con multitud de temas y asuntos que cada cierto tiempo reaparecen en los telediarios para volver a dejarnos con la boca abierta (o por lo menos a mí).

Las generaciones de hoy en día viven detrás de la crítica, la crítica destructiva. Hablar por hablar, sin ni si quiera pararnos a pensar. En teoría los jóvenes deberíamos ser los ciudadanos más liberales. Defender valores que en el pasado eran impensables, pero que pueden hacer un mundo igual para todos. Simplemente partiendo de la humildad o la tolerancia.

Lo cierto es que de un tiempo a esta parte he ido sintiendo un desagrado contra todo lo que me rodea, contra la falta de sensibilidad y de amor al prójimo. No creo en Dios pero creo que este es el momento adecuado para citar la frase bíblica “amarás al prójimo como a ti mismo”, y recordar que la misión de Jesús fue formar una gran familia, compuesta por todas las personas del mundo. Tomemos estos consejos como ejemplo y empecemos a construir un lugar donde todas las personas puedan vivir en paz. Quizá nos cueste entender algunas acciones, algunos modos de comprender la vida, pero debemos aceptarlos igual que aceptan los nuestros. Despertémonos para acabar con la verdadera crisis que segundo a segundo acaba con una parte de nosotros, y recuperemos aquellos valores de la libertad y la humildad que un día parecieron desprenderse de nosotros. Agradezcamos su labor a cada persona que murió con la esperanza de un mundo mejor. Rebelémonos contra las cadenas de ignorancia que nos mantienen atados.