23 de agosto de 2013

La vida es muchas veces triste, es repetición.


Y te hablé de poesía, por ver qué decías,
que si es tontería, que sí, que no,
habrá que hacer el amor.





Qué patán, me he explicado fatal. 
Que sí, que te quiero, que ya lo sabes.

6 de agosto de 2013

Amarillos.

Hace relativamente poco tiempo (la semana pasada) leí un libro de Albert. Sí, ya solo le llamo por su nombre porque es tan sumamente bueno que me ha dejado conocerle. Conocerle en profundidad. Claro está que esto lo digo tras leerme todos sus libros y todas las biografías existentes sobre él y tras ver y escuchar todas las entrevistas habidas y por haber. Pero qué cojones, una entrevista muestra mucho menos de él que una sola frase de sus libros. Bueno, como venía diciendo, leí un libro estupendo que hablaba de 23 descubrimientos y de 23 amarillos. Ay qué historia, la de los amarillos.

Yo sabía que de alguna forma tenían que llamarse, porque sabía desde niña que esas personas existen. Esas personas que no son una amistad, sino que son muchísimo más. Pero tampoco son la totalidad del amor (ni mucho menos del enamoramiento). Como dice A., son personas a las que no puedes dejar de mirar, a las que admiras desde lo más profundo de tu alma. Esas que te ayudan con su sola presencia. Son personas amarillas en tu vida.

A. decidió utilizar el término “amarillo” para referirse a ellas. Bueno, yo hubiera utilizado otro. Pero claro, al llegar a este punto y decir que yo hubiera utilizado otro, ¿cuál sería? Lo cierto es que no tengo un término para ello. A mí me gusta más el azul, pero ¿¡AZUL!?. No, por Dios. Así que como no soy capaz de encontrar un término para ello, me quedo con “amarillo”, que por lo menos tiene su origen en A.

Yo he encontrado varios amarillos en mi vida. Normal, todos lo hemos hecho. Debemos encontrar 23 a lo largo de nuestra vida, y yo creo que he encontrado 3. Seguramente hayan sido más, la cuestión es que yo no me he dado cuenta. A. en su libro dice que esas cosas son normales, así que si A. lo dice, pues va a misa. Lo mismo A. es uno de mis amarillos, vete tú a saber.

Pero bueno, de momento quiero volver a mis 3 amarillos identificados por el momento. La primera fue ella. Digo ella porque no se referirme a esa persona de otra forma. Yo siempre la he llamado “ella”. No me gusta cómo suena en mi mente el nombre “Loli” cuando tengo su imagen en la cabeza. Ni tampoco “abuela”. Yo a mis abuelos nunca los he llamado “abuela” o “abuelo”, y aunque quizá si la hubiera conocido si la llamaría “abuela”, prefiero dejarlo en “ella”. En fin, que ella es mi primer amarillo, por orden de aparición. La cuestión es que ella no se ha ido nunca. Estuvo conmigo el 16 de octubre de 1995 y permanece aquí, día tras día. Y sí, os preguntaréis cómo es que ella puede ser un amarillo para mí si no la he llegado a conocer. Pues no lo sé, pero su recuerdo es algo que me da fuerzas y en momentos de soledad, me ayuda a sentirme menos sola.

Mi siguiente amarillo fue I. Yo sabía que I tenía algo, lo supe desde la primera vez que hablé con ella. Sabía que podía aportarme más que una amistad –con todo lo que aportan las amistades-. Y es que I me hizo madurar de manera abismal. Hizo que abriera la mente y que poco a poco aprendiera a conocerme, y a conocer a los demás. En realidad, el gran mérito de I fue conducirme a lo que soy ahora.

Y mi último amarillo identificado es M, a la que podría abrazar durante horas. Con la que podría hablar hasta la eternidad. Porque M, M es increíble. Si supierais que parentesco la une a mí, os moriríais de la risa. Pero es así, M es uno de mis amarillos y la que me ha enseñado la pasión, la verdadera felicidad. A veces siento que M tiene una parte de mí. Cuando hablo con ella, siento que en su interior me tiene, me conoce al milímetro y me acuna con sus palabras.


En fin, qué amarillos tan increíbles he encontrado por ahora. Viviría mil vidas más para encontrarme con ellos. Pero también es cierto que me quedan 20 más –que yo sepa- y me muero de ganas por conocerlos.