Probablemente me cansé de escribir el amor y vivir el desamor. Prefiero vivir ahora, que ya habrá tiempo de escribir. O no. Lo cierto es que siempre se ha dicho que las historias tristes, las historias de desamor, las reflexiones odiosas de un desengaño cualquiera, son más interesantes que una historia con final feliz. Me refiero únicamente al plano literario, claro. Y sí, yo creo que es verdad. Que mejor escribir las lágrimas que llorarlas, y mejor vivir el amor que contarlo.
Que al final la esencia siempre queda, siempre se mantiene en los pequeños gestos, en las sonrisas matutinas. La propia locura.
Escribir sin sentido y sin sentido vivir, entremezclar prosa y poesía. Los días tienen un color especial cuando apareces con tu sonrisa campechana. Agachar la cabeza y sonreír. Parece que fue ayer cuando estaba sentada en este mismo sitio, organizando mis ideas, haciendo esquemas mentales de "qué somos", "quién eres", "qué soy", "¿me estaré volviendo loca?". Pensamientos que siempre acababan en lo mismo, en una sonrisa tonta, un vuelco al corazón, un suspiro entusiasmado.
No puedo negar que no lo echo de menos, porque sí, lo echo mucho de menos. Tener tiempo (o inventármelo) para todas esas tonterías. Para jugar a los tiempos. Para desesperarme. Pero (va, voy a copiarme de ti en esta frase) lo prefiero ahora. Mucho más.
Sin más explicaciones, la única explicación solo se puede encontrar en el aire que respiramos. Que parece más cálido desde que tú estás.
Y así es como empiezo a soñarte en la casa... Vestida de domingo, en zapatillas y pijama.