Comenzamos a dar clases de
moralidad y es ese el principio del fin. En estos últimos días en el que el
país no parece otra cosa que un circo lleno de monos balanceándose y animales
esclavizados al servicio del hombre, me doy cuenta de que el verdadero problema
no está detrás de la quiebra de bancos ni del déficit o la prima de riesgo.
Tampoco está detrás de tantos políticos que están y estarán al mando de nuestra
sociedad, de nuestras riquezas y pobrezas. Las personas tendemos a culpar al
prójimo, no somos capaces (ni seremos nunca con esta actitud) de mirar más allá
de nuestro ombligo y observar lo que de verdad acabará con nosotros.
Vivimos en un Estado democrático
de derecho, respaldados por una Constitución que propugna la libertad de
expresión, de pensamiento. La libertad de que el individuo tenga poder para
decidir sobre su vida. Sin embargo, cuando por fin y después de tantos años
hemos conseguido una democracia, cuando hemos conseguido la libertad que tanto
añoramos, somos los propios ciudadanos los que atacamos a la libertad.
Ya en el siglo XVII algunos
hombres lucharon por la tolerancia, por ideas progresistas que nos han
conducido, gracias al esfuerzo de continuas generaciones luchadoras, al lugar
donde nos encontramos ahora. ¿Y qué hacemos con todo ese esfuerzo? Lo
maltratamos. Reconozco que nadie dijo que fuera fácil, pero me sorprende que
hoy en día haya mentalidades más cerradas y autoritarias que hace sesenta o
setenta años. Llegamos al punto en el que si se aprueba una ley a favor del matrimonio
homosexual, nos tiramos a la calle cohibiendo los derechos de otra persona. No
sabemos, ni queremos, ponernos en el lugar del otro. Y así con multitud de
temas y asuntos que cada cierto tiempo reaparecen en los telediarios para
volver a dejarnos con la boca abierta (o por lo menos a mí).
Las generaciones de hoy en día
viven detrás de la crítica, la crítica destructiva. Hablar por hablar, sin ni
si quiera pararnos a pensar. En teoría los jóvenes deberíamos ser los
ciudadanos más liberales. Defender valores que en el pasado eran impensables,
pero que pueden hacer un mundo igual para todos. Simplemente partiendo de la
humildad o la tolerancia.
Lo cierto es que de un tiempo a
esta parte he ido sintiendo un desagrado contra todo lo que me rodea, contra la
falta de sensibilidad y de amor al prójimo. No creo en Dios pero creo que este
es el momento adecuado para citar la frase bíblica “amarás al prójimo como a ti
mismo”, y recordar que la misión de Jesús fue formar una gran familia,
compuesta por todas las personas del mundo. Tomemos estos consejos como ejemplo
y empecemos a construir un lugar donde todas las personas puedan vivir en paz.
Quizá nos cueste entender algunas acciones, algunos modos de comprender la
vida, pero debemos aceptarlos igual que aceptan los nuestros. Despertémonos
para acabar con la verdadera crisis que segundo a segundo acaba con una parte
de nosotros, y recuperemos aquellos valores de la libertad y la humildad que un
día parecieron desprenderse de nosotros. Agradezcamos su labor a cada persona
que murió con la esperanza de un mundo mejor. Rebelémonos contra las cadenas de
ignorancia que nos mantienen atados.
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