Hace semanas que no paso por aquí en un intento de encarrilar mi vida hacia no sé qué curioso destino habitual. Pero últimamente, en días en los que parece que un terremoto ha sacudido nuestras vidas, vuelvo a aparecer por aquí para hacer acto de presencia y decir: tú.
Sigo escribiendo los días previos a los exámenes como si no hubiera nada más importante que ésto (y es que es así). Llevo tantas pruebas realizadas que ya ni el más mínimo nervio aparece en mí y prefiero gastar mis noches estudiando que desperdiciar un solo segundo de luz del sol sin sonreír. Y que no es nada nuevo en mí, como todos sabemos. Me duele la espalda, se me secan los labios, y cuando sale el Sol en invierno, parece que los días son un poquito mejores.
Dibujas figuras abstractas en mis hombros y ya lo has convertido en una costumbre. Quizá tu verdadera vocación sea el pincel y debieras dejar tantas fórmulas apartadas en un rincón de tu mente. Quizá tu costumbre sea mi ilusión, quizá dirijas mi vida hacia una nueva dirección. Yo no soy cantante ni poeta y hasta ahora, creía tener una cierta facilidad con las palabras, con las letras, con el ir y venir de la inspiración. Contigo esa facilidad desaparece y es que es jodidamente impresionante que cuando me acuerdo de ti no pueda articular palabra. Que estás en cada una de mis sonrisas y en cada uno de mis mejores momentos.
Te diría que a veces tengo miedo, pero es que tengo miedo continuamente. Miedo largo e ininterrumpido. Miedo a que desaparezcas igual que llegaste, escurriéndote entre los sitios más estrechos para llegar y ponerte a mi lado, con tu descaro, como si no fuese tu intención. Con tus conversaciones banales y mi desesperación. Me da miedo perderte.
Y como dices tú, no me tientes que no quiero empezar con cursilerías, en el que puede que se lleve las papeletas al día más cursi del año. Así que, ya sabes que la puerta la tienes a la derecha y que no todas las rubias somos malas.
Que no quiero aprender a echarte de menos.
20 de abril del 90.
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