1 de mayo de 2014

Asegurarme tu sonrisa es mi rutina preferida.

Enfrentarte al espacio en blanco puede llegar a ser más difícil que contar los segundos que quedan para volver a verte. A veces tengo miedo de perderme y no volver a encontrarme, vivir en la cuerda floja como un trapecista de cualquier circo de provincia. A veces siento que pierdo el control de mi vida y que el colchón que hay abajo desaparece. Éramos jóvenes cuando hacíamos listas interminables con deseos que cumplir en esta vida, y sin embargo ahora desechamos esas listas en cualquier rincón polvoriento de esa habitación llena de libros. Escribimos sin un rumbo fijo, sin una idea predeterminada, llevándonos el movimiento de nuestras manos a la más absoluta improvisación celestial. Éramos jóvenes cuando esto funcionaba, cuando las sensaciones y los sentimientos invadían nuestra vida por completo. Supongo que la edad hace que pensemos antes de hablar y que nos expliquemos con más determinación para evitar posibles conflictos adversos. Antes el vocabulario nos lo daba la generación del 27 y la romántica trilogía de turno, ahora es la insistente jerarquía normativa la que nos baña con sus positivismos y antiformalismos. Pero qué podemos hacer. La vida parece correr, deshacerse entre nuestros fríos dedos. Parece volar como esa ráfaga de viento que en cualquier momento despeinará tu pelo y molestará a tus ojos. La vida es lo que toca y lo que toca es la vida, hay épocas para vidas y vidas para épocas. Pero dentro de todo eso, dentro de todo ese caos cósmico estás tú. La época no es la perfecta y la vida podría ser mejor, pero somos libres y estamos bien (qué coño, estamos juntos).

Siempre el puto punto medio. Siempre el puto equilibrio. Ni lo bueno ni lo malo, ni lo bonito ni lo feo.

Desquiciable balanza que gobierna nuestras vidas.

Bonita la manera de poner en pie mi existencia. Bonita aparición, bonitos susurros. Erótica forma de quedarte en mi vida.




No hay comentarios:

Publicar un comentario