12 de abril de 2012

La historia la hacen aquellos que rompen las normas.


A veces siento que el mundo y yo no nos entendemos. Que esa relación amor-odio de antes, desaparece. Que en su lugar viene la nada, el vacío más infinito que puedas imaginar. Desaparece esa compenetración con la vida, ese trato con el destino, esa lucha contra la reflexión de ciertos asuntos. La habitación de cuatro paredes de mi mente empieza a encogerse según pasan los días. Las sonrisas vuelan de rincón en rincón, y las risas se hacen con el momento más triste del día. La felicidad, qué término tan subjetivo. Te levantas un día cantando, durante el camino al instituto bailas con tu gran amiga, recorres los pasillos saltando. Abrazas a la persona que menos se lo espera, entiendes lo que tu profesor de Matemáticas explica, sientes los primeros rayos del sol tras un frío invierno sobre tu piel. Te sientas, y te quedas mirando al horizonte. Parecen felices. Vienen y van con sus mochilas y carpetas a cuestas, hablando de la última mirada que el chico más guapo de la clase les dedicó, pidiendo los deberes del día anterior o planeando la salida del próximo sábado. Sin preocupaciones, ni noches en vela sin dormir. Con todo el derecho del mundo a llegar un día y presumir de no haber dormido porque “tenía que estudiar”. Y sí, es bonito, es bonito ver tanta felicidad junta, es bonito ver miradas románticas en personas que tienen toda la vida por delante.
Y es que esa es la cuestión. Somos jóvenes, tenemos la vitalidad que nadie tiene. Somos jóvenes y como tales cometemos errores, como tales tenemos mala actitud y como tales las mañanas de domingo son para recordar qué hicimos por la noche. Como tales creemos tener las cosas claras, creemos organizar nuestras vidas con escuadra y cartabón, colocando cada acontecimiento importante en el eje cronológico de nuestra existencia. Creemos que nos irá bien, que costará esfuerzo, pero que saldrá bien. Nos imaginamos con cuarenta años sentados en el sofá de nuestra casa en Madrid peinando a nuestros hijos, quizá otros se imaginen viajando por todo el mundo, otros recuperando un viejo amor de verano… Qué se yo, cada uno tiene sus propios planes.
Lo cierto es que, disculparme por la arrogancia, somos geniales. Tenemos nuestra vida organizada, tenemos esa amiga o grupo reducido de amigas de las que no te separarás hasta la muerte y tenemos preparados todos los excesos de los próximos diez años. Somos geniales, estudiamos, nos vamos de compras, salimos con los amigos, nos enamoramos, y lloramos por amores imposibles. Somos geniales, sacamos tiempo de debajo de las piedras y lo hacemos con una sonrisa.
Claro está que ésta es la regla general, no todo el mundo es así. Otros arrastran los pies continuamente, cansados, agotados, de una clase a otra sin regalar ni una tímida sonrisa. Desde mi punto de vista lo acepto, pero no lo comparto. Somos jóvenes y tenemos que estar locos, tenemos que hacer locuras y que nadie las entienda. Tenemos que conocer la adrenalina, el riesgo, la decisión, la aventura. Las caídas en picado y las subidas a lo más alto. El éxito. El subir y bajar, ir y volver, perderte en el camino y sentir cómo se aceleran tus pulsaciones. Tenemos que vivir la vida, aprovecharla, cumplir nuestros sueños. Arriesgarnos.


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