A
veces siento que el mundo y yo no nos entendemos. Que esa relación amor-odio de
antes, desaparece. Que en su lugar viene la nada, el vacío más infinito que
puedas imaginar. Desaparece esa compenetración con la vida, ese trato con el
destino, esa lucha contra la reflexión de ciertos asuntos. La habitación de
cuatro paredes de mi mente empieza a encogerse según pasan los días. Las
sonrisas vuelan de rincón en rincón, y las risas se hacen con el momento más
triste del día. La felicidad, qué término tan subjetivo. Te levantas un día
cantando, durante el camino al instituto bailas con tu gran amiga, recorres los
pasillos saltando. Abrazas a la persona que menos se lo espera, entiendes lo
que tu profesor de Matemáticas explica, sientes los primeros rayos del sol tras
un frío invierno sobre tu piel. Te sientas, y te quedas mirando al horizonte.
Parecen felices. Vienen y van con sus mochilas y carpetas a cuestas, hablando
de la última mirada que el chico más guapo de la clase les dedicó, pidiendo los
deberes del día anterior o planeando la salida del próximo sábado. Sin
preocupaciones, ni noches en vela sin dormir. Con todo el derecho del mundo a
llegar un día y presumir de no haber dormido porque “tenía que estudiar”. Y sí,
es bonito, es bonito ver tanta felicidad junta, es bonito ver miradas
románticas en personas que tienen toda la vida por delante.
Y es
que esa es la cuestión. Somos jóvenes, tenemos la vitalidad que nadie tiene.
Somos jóvenes y como tales cometemos errores, como tales tenemos mala actitud y
como tales las mañanas de domingo son para recordar qué hicimos por la noche.
Como tales creemos tener las cosas claras, creemos organizar nuestras vidas con
escuadra y cartabón, colocando cada acontecimiento importante en el eje
cronológico de nuestra existencia. Creemos que nos irá bien, que costará
esfuerzo, pero que saldrá bien. Nos imaginamos con cuarenta años sentados en el
sofá de nuestra casa en Madrid peinando a nuestros hijos, quizá otros se
imaginen viajando por todo el mundo, otros recuperando un viejo amor de verano…
Qué se yo, cada uno tiene sus propios planes.
Lo
cierto es que, disculparme por la arrogancia, somos geniales. Tenemos nuestra
vida organizada, tenemos esa amiga o grupo reducido de amigas de las que no te
separarás hasta la muerte y tenemos preparados todos los excesos de los
próximos diez años. Somos geniales, estudiamos, nos vamos de compras, salimos
con los amigos, nos enamoramos, y lloramos por amores imposibles. Somos
geniales, sacamos tiempo de debajo de las piedras y lo hacemos con una sonrisa.
Claro
está que ésta es la regla general, no todo el mundo es así. Otros arrastran los
pies continuamente, cansados, agotados, de una clase a otra sin regalar ni una
tímida sonrisa. Desde mi punto de vista lo acepto, pero no lo comparto. Somos
jóvenes y tenemos que estar locos, tenemos que hacer locuras y que nadie las
entienda. Tenemos que conocer la adrenalina, el riesgo, la decisión, la
aventura. Las caídas en picado y las subidas a lo más alto. El éxito. El subir
y bajar, ir y volver, perderte en el camino y sentir cómo se aceleran tus
pulsaciones. Tenemos que vivir la vida, aprovecharla, cumplir nuestros sueños.
Arriesgarnos.

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