Miraba cómo lentamente la velocidad de sus pasos aumentaba. La presión ejercida sobre su pecho se engrandecía por momentos. Volvería a sentir sus abrazos, y eso era lo único que importaba. Qué más daba el resto, qué importaba todo lo que le rodeaba, qué importaba cualquier cosa que hasta entonces hubiera podido pensar. Qué importaba todo, qué importaba nada, cuando a poco metros de ella estaba la mayor felicidad que había conocido nunca. La única manera de sentirse verdaderamente querida. Anhelaba volver a encontrarse entre sus brazos, volver a sentir ese olor, ese olor que le había hecho soñar, ese olor que reconocería en cualquier lugar del mundo. Volver a dejarse acariciar por unas manos tan ásperas, pero al mismo tiempo tan suaves, volver a sentir cómo miles de escalofríos acudían a su cuerpo cuando él rozaba, adrede, su cuello. Como él sólo sabía hacer. Anhelaba volver a sentir ese temblor en las piernas cuando lo tenía cerca, ese del que tantas veces se avergonzaba porque era imposible evitarlo. Volver a perderse en esa mirada azul marino, que las horas pasaran sin que nadie le molestara, absorbida por esa máxima abstracción de su mirada, volver a sentir en mucho tiempo cómo la calma venía a reposarse sobre ella. Y sentir de nuevo cómo su corazón se aceleraba cuando se dirigía hacia sus labios, pícaro, divertido, dispuesto a besarla, a coger con la mayor delicadeza del mundo su cara, deslizar una mano sobre su cuello, y besarla. Volver a reconocer el sabor de sus labios, de sus besos, de los juegos de su lengua, del sonido de una risa juguetona. Que el viento despeinara su pelo y que el cielo amenazara tormenta, pues nada importaba ya. Era libre cuando estaba con él, cuando enlazaba sus delgados dedos con los de él, cuando nunca soltaba su mano. Y allí se encontraba, volviendo a sentir miles de emociones al mismo tiempo, miles de sentimientos que se expandían hasta cada rincón de su cuerpo. Quizá los nervios se habían apoderado de ella cuando fue a parar a sus brazos, quizás el temblor de sus piernas hizo que él tuviera que sujetarla con más fuerza. Por fin estaba en casa, por fin en el sitio donde tenía que estar, después de tanto tiempo. Se acabaron todas las lágrimas derramadas hasta entonces. Todo había acabado. Y todo se había vuelto azul. Azul marino. Como el de sus ojos. Calma. Paz. Sí, creo que le quiere.
No hay comentarios:
Publicar un comentario